jueves, 19 de noviembre de 2015

#QueMasPues

Hace ya poco más de tres semanas que llegamos a Colombia. Han sido unos días de muchos sentimientos encontrados y de descubrimiento. Los sentimientos empezaron a desbordarme tan pronto crucé la frontera entre Panamá y Colombia, almorcé e hice inmigración. El 25 de octubre, día de elecciones por cierto, poco después del medio día llegué a Capurgana, el pueblo era un hervidero de gente, todos iban y venían preguntando por quién votó, que sí el tío, la abuela, el primo ya habían votado, o que qué se iban a poner a hacer si se quemaban en las elecciones, esa era mi Colombia. Media hora más tarde, me encontraba almorzando en un restaurante típico de la costa, ese olor a pescado frito, la cocinera revoloteando por la cocina, un perro al pié de la mesa velando, me empezaron a mover el piso, ya sentía esa presión en el pecho de que el viaje se estaba acabando. Más tarde, aún sin terminar de almorzar, nos avisaron que ya había vuelto la luz y que podíamos ir a hacer inmigración, y ni corto ni perezoso arranqué de una, pero esa emoción inicial se fue convirtiendo en un sustico como el que nos da a algunos cuando vamos al odontólogo, o cuando vamos para un examen para el que no tenemos ni p$%@ idea. Y para colmo de males, el oficial de inmigración era un colombiano más buena gente que el berraco, y nos pusimos a conversar, me preguntó por los distintos sellos del pasaporte, y que como era que no me habían comido los leones en África, o que si las mujeres de rusia si estaban buenas, y toda esa recapitulación del viaje me hacía sentir cada vez más que se estaba acabando, ya hasta las piernas las sentía como cuando se para uno en el borde de algún precipicio y le tiemblan las rodillas. Finalmente estampó el sello de Colombia en mi pasaporte y me dió la bienvenida. En ese momento ya no pude más con la presión que sentía en el pecho y la tuve que dejar salir. El viaje llegaba a su fin, y como dicen en las películas, lo ví pasar de nuevo todo frente a mi (aunque un poco borroso).





Después de esto, vino una semana de calma chicha mientras hacíamos el corto trayecto de Capurgana a Medellín. Podría decir, que fue una semana de duelo, de asimilación de lo pasado, pero a su vez una semana de alegría, de descubrir de nuevo poco a poco los olores, sabores y colores que hacía ya quince meses no disfrutaba. Semana de fritanga, mango viche, mango, mango, mangoooo!; billar, café con leche, buñuelos, arepa, frijoles, chorizo, chicharrón y chololate. Pero el sentimiento de tristeza fue dando paso a una enorme ansiedad, a un querer llegar ya, a una satisfacción por el deber cumplido, a un deseo gigante de abrazar la familia y ver los amigos. Finalmente se llegó el sábado, nuestra última noche en carretera, y ahí estaba de nuevo ese nudo en la garganta a cada instante, al buscar el sitio para dormir, extender el piso, armar la carpa, la última desempacada del sleeping. Cada acción era la última vez que la realizábamos en el viaje. Fue una noche bastante larga.

El día D

5:30 a.m. apenas está aclarando el día, pero no tiene sentido seguir dando vueltas tratando de dormir de nuevo, así que me levanto, llamo a Daniel, y con una calma y una lentitud paquidérmica, casi ceremonial y en medio del más absoluto silencio cada quien rumiando sus reflexiones, disfrutando y alargando cada instante todo lo posible hace lo que tiene que hacer para organizar el campamento y salir. Enciendo la moto, me monto como quien no quiere la cosa y finalmente salimos. Pero lo hacemos en cámara lenta, y de nuevo está ahí esa competencia entre la alegría, la ansiedad, la tristeza y la nostalgia. Vamos conversando de tonterías, no nos atrevemos hablar sobre el viaje, ni sobre lo que será el día después.

8:00 a.m. Llegamos a Santa Fé, parece que estuviéramos en medio de un paseo de fin de semana, buscamos donde dejar las motos en el parque y un lugar para desayunar. Pero un motociclista nos vuelve a la realidad, se acerca, me felicita y se toma un par de fotos con nosotros y las motos. Efectivamente no era una salida de fin de semana.

9:30 a.m. Bueno, finalmente se llegó la hora, vamos para San Jerónimo, y lo hacemos de nuevo en super cámara lenta, a 40 km/h, desconectamos los intercomunicadores y me dejo llevar por la moto, no pienso en nada o eso es lo que quiero hacer, pero de la nada, como cuando uno recuerda súbitamente algo que ha olvidado empiezan a aparecer sin ningún orden distintos momentos del viaje.

10:00 a.m. Y sin darme cuenta estamos ya en San Jerónimo, y allí en unas cien motos de conocidos, amigos de la infancia, viejos amigos, nuevos amigos, nos reciben con una enorme algarabía, aplaudiendo y felicitandonos. No hay fuerza para contener esa presión en el pecho y la tengo que dejar salir.








Y finalmente la llegada a Medellín y el día después.
Continuará .................